Sexismo lingüístico:
un problema social o gramatical
El pasado mes de marzo, el académico
Ignacio Bosque publicó un artículo sobre “Sexismo lingüístico y visibilidad de
la mujer” en el que analizaba la adecuación de las recomendaciones difundidas
por diferentes guías de lenguaje no sexista. Comentaba en su discurso que
algunas de las pautas publicadas en dichas guías contravienen las normas
gramaticales, o bien no se ajustan a las prácticas habituales de los hablantes.
De hecho, estos manuales, ante
enunciados como “voy a llevar a los niños al colegio” proponen la sustitución
del término masculino por “niños y niñas” (transgrede el principio de economía
del lenguaje), “niños/as” (nadie se expresa diciendo niños barra niñas), niñ@s (es tan grotesco como
impronunciable porque es inadmisible gramatical y fonéticamente), o el cambio
de la expresión por otra sin carga masculina como “voy a llevar a mi
descendencia al colegio” (¿alguien habla así?).
Todos admitimos la necesidad de destacar
el papel de la mujer en la sociedad, así como la importancia de reconocer su
lugar en igualdad de condiciones que el hombre, pero esto no puede servir como
pretexto para emplear el lenguaje como arma arrojadiza ante las desigualdades
sociales.
Cuando abordamos el asunto de la
discriminación sexista en la lengua española, nos encontramos con un primer
obstáculo producido por la confusión que existe entre los conceptos de género y
sexo. El primero es un rasgo gramatical que tienen algunas clases de palabras
como los nombres, los adjetivos o los determinantes; mientras que el
segundo es la condición orgánica que poseen los seres vivos. Por tanto,
estamos ante dos nociones diferentes y la falta de correspondencia entre ambas
no debería ser motivo de discordia. No obstante, conviven imbricadas de tal
manera en la actualidad que se
crea una confusión de conceptos que convendría aclarar.
Por otra parte, el género no marcado en
español es el masculino, es decir, en la expresión “estos son mis hijos” se
informa sobre un conjunto de personas con independencia del sexo; sin embargo,
si se emplea el término “hijas” se hace referencia únicamente a las mujeres. Es
cierto que este tipo de criterio puede considerarse sexista, y para explicarlo
debemos observar el prototipo de sociedad patriarcal y machista que predominaba
en la época de nuestros ancestros lingüísticos. Esto nos muestra que la lengua
es un ente vivo que emerge como reflejo de
la sociedad. Por tanto, es absurdo pensar que las lacras sociales se puedan
superan por medio de la manipulación del lenguaje porque el mecanismo funciona
justamente al revés, es la lengua la que se adapta a las realidades y usos
socioculturales.
Quizá mi discurso no sea políticamente correcto, igual que el
lenguaje tampoco lo es de modo natural y por eso la sociedad lo llena de tabúes
y eufemismos, pero la solución para acabar con el sexismo lingüístico comienza
por cambiar la
sociedad para que cambie el lenguaje, porque lo contrario, además de ingenuo,
no es más que una cortina de humo que refleja el quijotismo en la lucha contra
los molinos.
David Sousa
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