Sobre el uso –y abuso–
de los extranjerismos en español
Tengo por hobby ver deportes de contacto online y hace unos días, tras anunciar el speaker la salida al ring de los púgiles y después de superado el tercer round, observé que el manager de uno de ellos –el que llevaba el short de color beige– le hacía señales para que abandonase el fair play.
En aquel preciso instante percibí que ya nada era como antes: el locutor se había convertido en speaker, el cuadrilátero en ring, el asalto en round, el representante en manager, el pantalón corto en short, el color crema en beige, el juego limpio en fair play y, además, era más cool tener un hobby online que una afición en línea.
Comencé a sentir un gran vértigo al comprobar que mi know-how de lengua española estaba outside. Decidí coger un block para hacer un abstract con todo aquel nuevo input lingüístico. Quizá dentro de unos años aquello podría convertirse en un best-seller o, al menos, publicarse el algún magazine. Y, de nuevo, volvió a suceder: mi conocimiento se había convertido en know-how, el fuera de juego en outside, la síntesis en abstract, la información en input, el éxito de ventas en best-seller y la revista en magazine.
Me estaba volviendo absolutamente crazy –o sea, loco– y comencé a descubrir que todo mi mundo estaba cambiando. El vestíbulo de mi casa se había convertido en un hall, el aparcamiento en un parking, la consultora era ahora consulting y sus empleados, esos que antes trabajaban a tiempo parcial y sufrían acoso laboral, ahora lo hacían a part-time y padecían mobbing. Incluso el camarero del bar se había convertido en el barman del pub y el bebé de mi vecina en un adorable baby. Aquello era un overbooking de información.
Decidí encender mi tableta fabricada en china –que ahora era una tablet made in china– para recabar más datos. Encontré un link en la web donde los coolhunter ayudaban a las top model a buscar una boutique donde comprar ropa fashion para cambiar de look. Los enlaces de internet, los cazatendencias, las supermodelos, la ropa de moda, el cambio de imagen; todo había desaparecido.
La gente viajaba en low cost o en business class, nada de compañías de bajo coste y de clase preferente, el e-mail había sustituido al correo electrónico, los empleados de las tiendas eran el staff y los famosos se hacían llamar celebrity. La jet-set, la babysitter y los hacker habían suplantado a la alta sociedad, las niñeras y los piratas informáticos. Ya no se podía ver entre bastidores una representación sino que debías ver la performance desde el backstage. Incluso nuestro clásico “donjuán” se había transformado en un moderno playboy.
Decidí, ante tal tsunami informativo, abandonar mis pesquisas. Dejo estas vagas líneas en manos de aquellos que se aventuren a continuar esta investigación. Eso sí, recuerden que mi trabajo tiene copyright, quiero decir, derechos de autor.
David R. Sousa
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