Augusto
Monterroso (Tegucigalpa, 1921-Ciudad de México, 2003) es, sin duda alguna, la
figura principal del género literario más breve en español: el microrrelato o
también llamado relato hiperbreve, microcuento, cuento en miniatura, ficción
súbita o textículos, entre otros, que ponen en relieve su característica
principal: la brevedad.
Otras
características de este género tan sui
generis son la acción narrada de una forma condensada; el lenguaje preciso,
poético; la presencia del humor o de la parodia; un final abrupto, impredecible
o, incluso, abierto a múltiples interpretaciones (v. texto 1, en el que la autora
propone al lector que escoja su propio final) y, por último, necesita de un
lector competente, de un lector que sea capaz de asociar lecturas y
conocimientos (v. textos 4 y 5). Todo ello queda reflejado en el microrrelato
más conocido de Monterroso precisamente, El
dinosaurio:
(más microrrelatos de
Monterroso disponibles
en http://cvc.cervantes.es/actcult/monterroso/antologia)
Texto 1: René Avilés Fabila – Franz Kafka
Al despertar Franz Kafka una mañana, tras un sueño
intranquilo, se dirigió hacia el espejo y horrorizado pudo comprobar que:
- seguí siendo Kafka,
- no estaba convertido en un monstruoso insecto,
- su figura era todavía humana.
Seleccione el final que más le agrade marcándolo con una
equis.
Texto 2: Jorge Luis Borges – Un sueño
En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre
de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de
tierra y que tiene la forma de círculo) hay una mesa de madera y un banco. En
esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe en caracteres que no
comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un
poema sobre un hombre que en otra celda
circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular… El
proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben.
Texto 3: Ángela Adriana Rengifo - Casualidad
Justo en el instante en que él se estaba afeitando, ella
se duchaba.
Justo en el instante en el que ella se maquillaba, él
leía el periódico.
Justo en el instante en el que él estaba desayunando,
ella guardaba sus papeles.
Justo en el instante en el que ella empacaba su almuerzo,
él acariciaba su gato.
Justo en el instante en que él daba instrucciones al
portero, ella tomaba su café.
Justo en el instante en el que ella salía de la casa, él
cogía las llaves del carro.
Justo en el instante en que él pasaba con su carro, ella
cruzaba la calle.
Texto 4: Marco Denevi – El nunca correspondido amor de los fuertes por los débiles
Hasta el fin de sus días Perseo vivió en la creencia de
que era un héroe porque había matado a la Gorgona, a aquella mujer terrible
cuya mirada, si se cruzaba con la de un mortal, convertía a éste en una estatua
de piedra. Pobre tonto. Lo que ocurrió fue que Medusa, en cuanto lo vio de
lejos, se enamoró de él. Nunca le había sucedido antes. Todos los que, atraídos
por su belleza, se habían acercado y la habían mirado en los ojos, quedaron
petrificados. Pero ahora Medusa, enamorada a su vez, decidió salvar a Perseo de
la petrificación. Lo quería vivo, ardiente y frágil, aun al precio de no poder
mirarlo. Bajó, pues, los párpados. Funesto error el de esta Gorgona de ojos
cerrados. Perseo aproximará y le cortará la cabeza.
Texto 5: Augusto Monterroso – La tela de Penélope o quién engañó a quién
Hace muchos años vivía en Grecia un hombre llamado Ulises
(quien a pesar de ser bastante sabio era muy astuto) casado con Penélope, mujer
bella y singularmente dotada cuyo único defecto era su desmedida afición a
tejer, costumbre gracias a la cual pudo pasar sola largas temporadas.
Dice la leyenda que en cada ocasión en que Ulises con su
astucia observaba que a pesar de sus prohibiciones ella se disponía una vez más
a iniciar uno de sus interminables tejidos, se le podía ver por las noches
preparando a hurtadillas sus botas y una buena barca, hasta que sin decirle
nada se iba a recorrer el mundo y a buscarse a sí mismo.
De esta manera, ella conseguía mantenerlo alejado
mientras coqueteaba con sus dependientes, haciéndoles creer que tejía mientras
Ulises viajaba y no que Ulises viajaba mientras ella tejía, como pudo haber
imaginado Homero, que, como se sabe, a veces dormía y no se daba cuenta de
nada.
Texto 6: Rubén Darío – El nacimiento de la col
En el paraíso terrenal, en el día luminoso en que las
flores fueron creadas, y antes de que Eva fuese tentada por la serpiente, el
maligno espíritu se acercó a la más linda rosa nueva en el momento en que ella
tendía, a la caricia del celeste sol, la roja virginidad de sus labios.
-
Eres bella.
-
Lo soy –dijo la rosa.
-
Bella y feliz –prosiguió el diablo-.
Tienes el color, la gracia y el aroma. .Pero…
-
¿Pero...?
-
No eres útil. ¿No miras esos árboles
llenos de bellotas? Ésos, a más de ser frondosos, dan alimento a muchedumbres
de seres animados que se detienen bajo sus ramas. Rosa, ser bella es poco…
-
La rosa, entonces –tentad como después lo sería la mujer- deseó la
utilidad, de tal modo que hubo palidez en su púrpura.
Pasó el buen Dios después del alba siguiente.
-
Padre –dijo aquella princesa floral,
temblando en su perfumada belleza-, ¿queréis hacerme útil?
-
Sea, hija mía –contestó el Señor, sonriendo.
Y entonces el mundo vio la primera col.
Fuente: Centro Virtual Cervantes / Por
favor, sea breve 1 y Por favor, sea
breve 2
María Asunción Pérez Pajares


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